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En el primer paso del enfoque cognitivo conductual involucra el adiestramiento al paciente para no perder de vista sus propias conductas. Virtualmente todas las formas de terapia involucran al paciente a auto explorarse o lo entrenan en la autovigilancia de conductas y cogniciones. Este periodo de cogida de datos permite al terapeuta y al paciente precisar el inconveniente y formular posibilidades terapéuticas. El segundo proceso significativo dentro de este enfoque es el de traslación. El terapeuta argumenta selectivamente a los enunciados declarativos del paciente, hace preguntas, se dejan tareas, se dan instrucciones; por lo que, de modo implícito o explicito, alienta al paciente a reconstruir los problemas discutidos. El terapeuta enseña al paciente sus propios constructos y este progresivamente empieza a descifrar eventos y experiencias en términos de los constructos teóricos aprendidos. Mas allá se debe instituir una relación de asistencia: paciente y terapeuta trabajan de forma conjunta para identificar e interpretar los datos pertinentes y cooperan para alcanzar la conceptuación del problema.

Las formas habituales de pensamiento y conducta de los pacientes no cambian de carácter escabroso. Cuando el paciente comienza a redefinir el conflicto, sus pensamientos a veces reflejan las viejas formas de ver las cosas y a veces las nuevas. Los pacientes deben instruirse a emitir nuevas conductas, a veces muy complejas, o a originar conductas familiares en situaciones donde tal comportamiento había sido desinteresada previamente. Lo primero requiere que los pacientes dispongan de tiempo y que practiquen las nuevas conductas, por lo que el terapeuta debe estar interesado por los pensamientos del paciente con relación al éxito o fracaso de lo que está aprendiendo. La relación entre cambio cognitivo y cambio conductual parece ser compleja e interactiva: el cambio conductual positivo promueve cambio positivo cognitivo y viceversa. Las tareas de la siguiente etapa consisten en fortalecer los cambios, originar la divulgación y hallar fundamentos para mantenerlos. Se parte de la base de que la forma como el paciente interpreta los cambios que ha tenido, influirá sobre el grado en que estos se generalicen y se mantengan.
En general, los terapeutas les gustaría poseer pacientes que fuesen capaces de darse cuenta de la calidad de sus cambios como personas a raíz de la terapia. Eso implica que los pacientes sean capaces de reconocer que, de hecho, han cursado un cambio revelador y que lo atribuyan a modificaciones hechas por ellos mismos, en vez de a circunstancias externas. La idea es que el paciente perciba cambios significativos en el recorrido de sus actividades cotidiana y no exclusivamente frente al terapeuta.

Los pacientes aprenden a descifrar las cosas de modo desigual, aprenden a hallarse de forma diferente y modifican su conducta, de modo tal que encuentran sus posibilidades de operación. Asimismo aprenden a monopolizar sus pensamientos e ilusión para sistematizar formas efectivas de resistencia. En otras palabras, cambiando lo que decían de si mismos procedentemente como resultado del adiestramiento conductual, de forma que las estructuras cognitivas del paciente, es decir, los estilos habituales de pensamientos y las autoafirmaciones son transformadas.

Según Meichenbaum y Cameron (1979) la terapia induce cambios en el comportamiento, en las cogniciones autor reguladoras y en las estructuras cognitivas; el desafío es detallar las instrucciones clínicas que deben originar estos cambios de manera efectiva.

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